Mi práctica se desarrolla en torno a la abstracción material, en un proceso que renuncia a la representación —la pintura deja de narrar para simplemente presentarse.
Mediante la acumulación de ceras, aceites y pigmentos minerales se genera una superficie que no emite estímulos, sino que los absorbe, amortiguando el ruido visual del entorno. Este silencio material obliga a una experiencia previa al lenguaje, donde la obra no se impone, sino que exige un tiempo de espera y una atención casi táctil. El proceso se convierte así en un ritual íntimo y atávico, un espacio de resistencia frente a la espectacularización y el exceso de información contemporánea.
La obra no es una imagen reproducible, sino un cuerpo que ocupa el espacio con una lógica propia. Frente a la inmaterialidad de lo virtual y la obsolescencia de lo inmediato, mi pintura insiste en aquello que no puede comprimirse en una pantalla: el espesor, la huella y la gravedad. Cada capa de materia no anula a la anterior, sino que la contiene; el tiempo no se cancela, se acumula.
Esta forma de hacer no es solo una posición formal, sino también ética. Trabajar desde la lentitud y la reiteración constituye un compromiso con una temporalidad no productiva. La obra no se agota en una mirada rápida, sino que se sostiene en el tiempo de la experiencia, proponiendo un lugar de quietud donde la pintura recupera su capacidad de ser, estar y permanecer